Mi Verdad Interior

(para complementar y ahondar el contenido de este articulo se sugiere visitar: http://www.soyandariego.word.press.com (Blog personal de Ricardo Andreé)

En este resumen sucinto explico Mi Verdad Interior para que el lector y la lectora  tengan una posibilidad de complementación y comparación en su lectura del libro ‘ecos de otra vida’. No busco concordancia, ni apoyos, ni acuerdos, ni falsa solidaridad, y menos palmoteos. Tampoco pretendo polemizar, menos litigar, y jamás imponer lo mío como verdad absoluta. Doy testimonio, cuento lo que he vivido, muestro aquello que he aprendido, y comparto los Caminos y Ordenamientos que también pueden servir a otros y otras en su afán por hallar repuestas espirituales a la turbulenta realidad de este Mundo.

He quemado mi karma

Invierno de 1990. Desde hace dos años me existencia ha descendido a los infiernos, y mi alma gobierna desde los abismos. El sustento ideal y causal de mi vida mundana se ha consumado. Después de  23 años de empeño político trasvasijado en diversas fuentes… la militancia acérrima, la cultura y la poesía, el periodismo, las luchas callejeras, la dirigencia estudiantil, el frente sindical, la ocupación de tierras, el aprendizaje miliciano, la especialización militar, la defensa de un gobierno popular, un golpe de Estado, la persecución a muerte, el refugio, el exilio, el socialismo en su cruda verdad, el servicio internacionalista, el retorno a la patria, la lucha armada, el segundo exilio, el subterráneo de los laberintos secretos… sobrevino  el hartazgo y la crisis interior.

¿Dónde comienza el Hombre? En sus primeras preguntas e inquietudes. ¿Dónde termina? En la respuesta de sus demandas e inquietudes primigenias.

El Ser Humano sale al mundo en búsqueda de razones, propósitos, vivencias, experiencias y sentido; sin embargo, son las cuestiones que se anidan en su psiquis, en su emoción, en su mente y en la visión de Sí Mismo las que lo mueven, motivan y encaminan…consciente o inconscientemente. La trascendencia, sin embargo, reside en hallar los dictámenes que vienen con la persona en Su Espíritu. El Hombre Logrado es aquel Ser que alcanza la aclaración  de los asuntos de su mente, corazón y sentido en este mundo; la Persona Completa y Trascendente es aquella que encuentra la veta sagrada de su espiritualidad y rompe la ignorancia de su realidad más profunda.

Los hechos y vivencias mundanas no aportan contestaciones en sí, sino que constituyen experiencias y pasajes que debieran servir para hallar las resoluciones vitales que moran en la persona. Por lo mismo: aquello que el Mundo ES, y eso que lo mundano nos entrega, es UN MEDIO…nunca un Fin.  Un Ser Humano que pasa por este Mundo sin conclusiones espirituales: ha vivido en un Cuerpo temporal y perecedero… inútilmente.

¿Qué fue primero: lo espiritual o lo mundano? Siempre será lo espiritual la horma de la vasija; pero nada sabemos de aquello que de infantes nos vive: es espíritu puro, es inocencia que observa la realidad en su dimensión primaria; que luego se  apaga y se pierde detrás de los muros del Mundo.

Limitar al Hombre según paso efímero  por un lapso o por algún episodio: es un juicio de necios y una pobre visión de la realidad. Quién así enjuicia siempre lo hace desde la ignorancia.

Entro al Mundo y comienzo a vivir mi dicotomía -ya en forma consciente-  entre  realidades aparentemente opuestas, a mis 14 años. Hasta entonces era como una pluma llevada por el viento: los hechos interiores sucedían sin que pudiera entender o hacer algo para controlar y administrar aquello que llanamente me vivía: un niño vivenciando episodios sin capacidad de discernir, hechos  que conformaban una realidad irrefutable, ante los cuales el infante no puede intervenir y por lo mismo de nada puede ser culpable, simplemente ES, sucede, acaece. Así de natural es.

No hay ilustración en la psicología o en la ciencia que explique  la información intrínseca que desde temprana niñez la persona trae consigo, y de por qué ésta realidad interior hace evidente demostración de su existencia sin una influencia racional que explique su proveniencia y causa. Mis padres no eran religiosos, y mi padre era agnóstico. No hubo cuentos fantasiosos para adormecer, ni imágenes o figuras que incentivaran quimeras infantiles. Hasta mis siete años crecí en medio de la ausencia absoluta de asuntos y temas esotéricos o espirituales. Y sin embargo mis cortos años ya compenetraban siglos de luces y de sombras que parecían asuntos pendientes de un adulto con camino recorrido y deudas pendientes.

En mis recuerdos y memoria adulta nazco a la vivencia de estos asuntos de la mano de mi madre, saliendo de la casa grande en Salesianos, con mi hermana Margarita llorando y colgada de la falda de una mujer joven que parecía tener prisa: mi madre entonces tenía 23-24 años. Mucha gente llenaba el pasillo, más personas formaban grupos en el antejardín, y al pasar frente a la oficina principal del abuelo Aníbal: un monumento oscuro, que a mi vista y porte pareció imponente y espantoso, se alzaba entre velas y señoras de negro. En la puerta de calle: caballos azabaches que mi infancia vio cuan gigantes  musculosos, y dos señores también vestidos de noche sin luna que transportaban coronas de flores que al pasar lanzaban ese mustio perfume a muerte.

Los niños no tienen la medida del tiempo. Simplemente ahora, nuevamente, disponía la casa para mi hermano y para mí, jugando a la pelota en el pasillo, corriendo por el patio amplio ensombrecido por un parrón largo y flores reventando por los costados e inundando en primavera de aromas que se quedaron para siempre como ‘los perfumes de mi infancia’.  Y al transitar solitario por los recovecos de la casona y su extensión, mi abuelo a la distancia me observaba y a veces me saludaba moviendo su mano y regalándome una sonrisa. Era un señor elegante, el que, al enviudar aún joven, fue acosado por esa rara costumbre colonial de las madres casamenteras que buscaban ‘un buen partido’ para sus hijas aún muy niñas. A pesar de tanta oferta y ofrecimiento, el abuelo no volvió a casarse y dedicó sus últimos años al estudio y practica de sus creencias RosaCruz. Habiendo sido un político liberal y regidor por muchos años, también abandonó la política para dedicarse al cultivo de su espiritualidad. Opción que afectó gravemente la herencia para sus hijos, debido a que pierde de a poco el interés en sus negocios y administración de sus propiedades, y comienza a vender y delegar afectando notoriamente el caudal financiero que por años fue abundante y seguro. Según la tía Eugenia- una especie de archivera o memoria de la familia Urrutia- su padre estaba cada vez menos interesado en lo del Mundo, y su deseo permanente era viajar a San Sebastián (país vasco-España) para reencontrarse con sus ligámenes familiares. Mucho dinero se esfuma en los cuidados médicos en los meses previos a su fallecimiento. Tenía 64 años. Enviuda a los 47 años. La abuela Margarita fallece consumida por la diabetes.

Mi padre era el menor de  seis hermanos (dos mujeres y cuatro varones), y como menor sobreprotegido de su madre, siendo aún un joven de 16-17 años, sufre el golpe de hallarse sin las regalías maternales y los favoritismos materiales que de esto derivaba. La disciplina del abuelo era mermada por el encubrimiento de las hermanas mayores que quisieron seguir la obra guardiana de la madre sobre el mimado  de la familia. Tal vez sea este el antecedente que explique la forma irresponsable de enfrentar su vida, propensa al vicio y al gasto fácil, de la cual mi padre haría su sello personal hasta el día de su trágica muerte.

Años más tarde, cerca de los 12 años, contándole a mi madre las imágenes que guardaba del funeral del abuelo y mis  encuentros con él en el patio de la casa, me aclara que, precisamente, ese día cuando ella nos lleva a la casa de su madre, a una cuadra de distancia, habían recién traído el cuerpo, ya en el ataúd, del abuelo, el que fallece en el hospital. Era de mañana y mi hermano mayor estaba en el jardín de infantes (en ese tiempo llamado Kindergarten) de la señora Paulina (donde todos los niños del barrio fuimos), y por esa razón íbamos sólo mi hermana y yo. Y mi hermana lloraba porque quería quedarse con el tío Fernando (Ossandón) esposo de la tía Eugenia. Y también me cuenta que en mi lenguaje de niño yo habría expresado que saludaba al abuelo… y en su creencia pensó que su suegro andaba ‘penando’. Claro que en esa casa sí ‘penaban’, o sucedían fenómenos extraños. Aquello que llama la atención a mi madre es que al momento del sepelio del abuelo yo tenía dos años, más o menos. Me cuenta que el abuelo era una persona fría en su buen trato: no era de abrazos ni gestos cariñosos, y que al único nieto que tomó en brazos y meció en sus piernas mientras se balanceaba en su mecedora, fue a esa guagua rubia que tanto se parecía a él.

Ni una foto vi de la abuela Margarita, pero cada noche asistía al mismo periplo: una señora algo gorda y de vestidos largos y elegantes entraba al dormitorio en donde dormía con mi madre, y se dirigía a un ropero de finas maderas, grande de tres cuerpos y espejos a su largo, y distendía vestidos sobre un diván, y algunos se los sobre ponía y se miraba en los espejos…cada noche era lo mismo. A veces venía con otra mujer, más delgada y joven, y con traje  oscuro que parecía ayudarla a extraer ropa de ese armario interminable.  Visitando el departamento- en la misma casa grande- en donde vivía la tía Eugenia, me fijo en una foto de aquellas antiguas en donde una señora gruesa lucía un vestido largo y pomposo. Esa es tu abuela Margarita…señala la tía al darse cuenta que mis ojos estaban clavados en la figura. Era la misma señora que cada noche venía a mover el ropero. Un mueble que heredaría mi padre, y que vendería muy bien en una de esas tantas crisis de dinero que lo aquejaban normalmente. ‘El ropero de mi madre’ – susurraba seguramente extrañando los cariños que no lo dejaron madurar.

Mi abuela materna – Delfina- nos pasaba a buscar cada domingo para llevarnos a la misa de las 10. Mi hermana Margarita la esperaba con su velo y su rosario. Mi hermano Antonio y yo nos escapábamos. Pero sabiendo mi madre que nos fugaríamos del deber eclesiástico: nos retenía bien preparados y ordenaditos para acompañar a la abuela a su iglesia tan amada. La capilla era pequeña, antigua y estrecha. Se hallaba justo en la esquina de la Gran Avenida y Salesianos. En mi aburrimiento evitaba mirar la figura del Cristo redentor (no en la cruz) que en efigie de yeso y colores vivos se hallaba como empotrado en el muro, y visto desde abajo parecía imponente y vívido. Tanto que lo veía moverse, sonreír, y actuar como una persona enorme que quería comunicarse en silencio. Lo esquivaba. Le daba la espalda. Lo observaba de reojo para ver qué hacía. Me daba miedo, pero con inevitable curiosidad.  Mi abuela, haciendo parte del ‘protectorado’ de esa iglesia (era donante de los terrenos que la escuela de los salesianos tenía en la calle Brigadier de la Cruz) tenía asiento fijo en la capilla y acceso al interno de la casa curial. Había ‘entregado’ dos hijos al sacerdocio: mi tío Teófilo (Teo) que duró poco en el seminario y se hizo comunista, y después de casarse con una mujer morena (que fue un problema en su momento y lo seguía siendo para mi madre y sus  hermanas que no apreciaban a la gente ‘oscura’), se volvió a la política y a la militancia en la  democracia cristiana; y también ingresa al seminario el tío Fernando, quién sí se consagra y ejerce un tiempo…hasta que se enamora. Cuelga la sotana después de mucho cavilar; tanto caviló que la mujer se casó con otro y quedó de civil sirviendo a la iglesia como diacono hasta el día de su fallecimiento.  Por lo mismo creí que mi abuela y el tío Fernando me explicarían por qué veía al Cristo moverse: mi abuela me miró fijo, como si fuese un bicho raro, y no dijo nada. El tío Fernando exclamó un ¡hum! y siguió sacando cuentas. Algo me dijo en mi interior que no debía comentar aquello que me vivía.

No era moda, no había televisión, no tenía referencias para lo que vi hallándome en el patio de la casa de la abuela Delfina: entonces, a mis 6 años, no podía explicar aquella enorme luz que aun de día se me vino encima desde muy lejos en el cielo. No hacía ruido. Era ovalada. Tenía luces variopintas. Y al llegar a un tramo se detiene. Parece abrirse: ahora es como una luz de sol al atardecer: veo a una figura como de  mujer, larga, alta, muy delgada, siempre luminosa. Se cierra la luz solar. La cosa extraña se aleja lenta hasta convertirse en un copo blanco en un cielo aún sin estrellas. Tanta impresión me causa esta experiencia que aturdido voy al dormitorio de mi primo Fernando (Durán) y me acuesto en su cama y duermo profundamente. El Nano me despierta llegando  de jugar fútbol… ‘¡Ricardito…!me zamarrea y me invita a pelotear.  Pensé en decir a mi primo lo que había visto. Pero callé. Probé nuevamente con la abuela, pero le dije que había tenido un sueño y le puse un color e imágenes que no correspondían, pero que creí harían más plausible una explicación de su parte. Esta vez me echó de la cocina.

Sin embargo, ese episodio extraño que en mi inocencia no podía ni entender y menos manejar, tendría un efecto que perdurará en el tiempo. Hasta ahora, y continuadamente, sueño con el patio de la casa de la abuela, la gran higuera, y en lugar de la fabrica de muebles que el tío Fernando había levantado al fondo del terreno, en mis retornos oníricos  veo todo despejado, amplio y espacioso. Y vuelvo a ver esa figura ovalada titilando de colores y en su vientre una luminosidad como sol al atardecer.

Mis 10 años los vivo prácticamente en el hospital, y al regresar después de la primera operación, apenas rehabilitándome, tengo una vivencia muy concreta que parece dividir mi vida: venía de la calle y entro a la casa de Dávila Larraín, y apenas pasando la puerta, en un radiel de baldosas que marcaba la entrada al pasillo, quedo paralizado y algo eléctrico, fuerte y con un zumbido me cubre como encapsulándome; quedo sordo, enseguida esa sensación se retira como subiendo de los pies a la cabeza, y me cuerpo se estremece…como si algo me asaltara y entrara en mí y luego sale llevándose algo; y todo pareció cambiar: la casa era oscura, sus colores mustios, el día tenía menos luz y percibía olores que no me agradaban. Sentí tristeza en mi corazón.  Tan apenado andaba que mi madre se preocupa y me lleva al médico: soplo al corazón. Ahora, a mis 11 años nuevamente camino por los amplios espacios imaginarios de la casa de la abuela: y esta vez el cielo estaba negro como bóveda profunda carente de sombra y plena de vacío. Me asusta. Y del centro de esa acérrima opacidad aparece ‘algo’ primero como una luz de sol al atardecer que va agrandándose en la medida que desciende; al pasar por una especie de limite luminoso invisible  el aparato va mostrando su forma, contextura, color…’Es como un huevo’. Una gigantesca loza tersa y suave en forma ovalada, de color gris muy suave con pintas más oscuras como manchas de leopardo. Parece de mármol refinado. Se detiene a metros del suelo. No se mueve. No gira. No hay nada en su lisura: ni ventanas, ni luces, solo un espejo semejante  a  jade que no lanza señal alguna. Y suave como desciende, así asciende y vuelve a su gran caja oscura.

Sería una experiencia más si esta piedra ovalada se hubiese mostrado esa única vez: pero fue compañía permanente que en los años fue colocándose sobre mi pecho, aplastándome con cuidado, causando al inicio una angustia inusitada. Hasta que acepto su acercamiento y no me sofoca, y desde esa posición, de tenerla como queriendo entrar en mi tórax, la veía enorme, perfecta y aún más ovalada. Entonces comencé a acariciarla: era fresca, extremadamente apacible, grata, delicada, tersa, lisa, serena, templada, sosegada y poderosa. Al tiempo lograba subir sobre ella, no sé cómo, y recórrela. Quedaba con un goce indescriptible en mi alma y con una curiosa y novedosa sensación de familiaridad que se acercaba a la nostalgia.

A los 12 años comienza un drama: al inicio creía soñar que salía de mi cuerpo y volaba. Era entretenido y lúdico. Pero se transforma en un abismo cuando lo mismo sucede, pero esta vez despierto, a cualquier hora, y de todos modos cada noche apenas entrando en la vigilia del sueño. Creía que moriría. Lo peor era ‘el retorno’: cada vez me costaba más insertarme en mi cuerpo, a veces terminaba agotado, con el corazón bombeando al máximo y dando saltos en la cama. Pero pasó lo más grave: yendo a comprar al almacén que estaba en calle Tocornal con General Gana, a mitad de cuadra de esta última, salgo raudo, me veo a mí mismo desde muy lejos…y me desmayo. Un señor que vivía en la esquina enfrente del almacén de don Braulio, y que en ese momento lavaba su camioneta, me ve, corre a recogerme y me lleva en brazo hasta la casa en donde mi madre le implora que la acompañe en su vehículo hasta el  hospital Arriarán.

Reuma cardiaco, engrosamiento del corazón y falla en el ventrículo izquierdo. Eso explica científicamente aquello que me sucedía. Medicamentos caros, inyecciones por un año, reforzamientos proteicos. Nada que mis padres pudieran costear. Sera el tío Jorge Valenzuela, militar de la Fach, el que me ayudará, y mi prima Isabel- enfermera- la que me asistirá en mis medicaciones.  Sin embargo, el fenómeno que me aqueja no cesa. Se distancia en el tiempo, pero habrá lapsos de intensidad. Ahora pruebo a ejercer alguna administración durante estas ‘salidas’: viajes cortos, cercanos; hasta que me atrevo a ‘volar’ hasta los faldeos cordilleranos: fue una experiencia magnifica. Sin embargo, cuando no pude regresar y creo haber pasado la noche combatiendo por entrar nuevamente en mi carnalidad terminé espantado y con una sensación de muerte que me lanza otra vez a los abismos de la incerteza. La muerte entonces se torna un asunto que me asalta sin que nada pueda hacer. Me angustia la muerte. Vivo en el terror de la muerte.  Debía resolver este asunto; creí estar enloqueciendo: tenía 13 años.  Leo mucho, busco repuestas, hojeo libros ajenos, pido lectura referente al tío ‘cura’. Hablo de la muerte con mi hermano: pero él es un niño con otros intereses y me dice que ‘estoy loco’. Es la edad en que comienzo a acompañar a mi hermano y hermana a fiestas.

Nada de aquello, ni los juegos, ni las fiestas, ni los inocente cortejos, ni las asiduas lecturas, ni este despertar al mundo que mataba mi inocencia, me liberaban de la desazón ante la muerte.

El ingreso a las filas comunistas, a los 14 años recién cumplidos, me abre las puertas a ‘otras explicaciones’: el materialismo y la dialéctica marxista aparecen cuan sepultureros de las vivencias interiores que me asaltaban y se apoderaban de mis horas sin pedir permiso y gestionando mi existencia como si yo fuese de su patrona pertenencia. Ahora, con las herramientas del ‘pensamiento científico’ estaba en grado de echar tierra dura sobre estas fantasías involuntarias, y ajenas a mi decisión y opción. Valía lo que yo elegía y por lo cual optaba. Tomaba el control.

Ahora era un combate: la muerte tenía sentido si entregaba la vida por una causa noble, y nada más autentico que luchar por la justicia y por la perfección socialista. La religión era el opio del pueblo. Dios era invención humana para justificar y explicar aquello que el hombre no logra entender. Mi iglesia era el partido. Ahora yo pertenecía a la curia militante. Y sin embargo, llegando la noche, temía a salir de mí  mismo, y cuando sucedía luchaba para permanecer y despertaba con taquicardia, sudado, agitado y con la vieja sensación de la muerte que no hallaba respuestas.

Conozco a Viviana en un festival liceano en el auditórium de la iglesia de san Miguel. Yo cantaba de un conjunto musical: ‘Arena Seca’, tenía 15 años, No nos gustamos: ella no era bonita, sus rasgos indígenas no eran del gusto de un adolescente exigente como yo. Ella me encontraba loco y raro.  Seis años de noviazgo, desde el liceo y las huelgas y marchas, hasta trabajar en el hospital El Salvador, con hijos gemelos fallecidos y el dolor que perdura… hasta el distanciamiento y la madurez, y su encarcelamiento durante el golpe, y mi fuga, y la despedida en las puertas de la embajada en donde yo busco refugio. Ella escuchaba mis dramas internos, pero no me entendía: sí su abuela, una indígena chilota última de su estirpe que daba a mis vivencias nombres extraños que me parecían lejanos y míticos. Ella decía que yo era, sin saberlo aún, un Yekamush blanco.

Justo cuando la muerte parecía exigir cuentas saldadas de una vez, y los desdoblamientos se aceleran casi como venganza: aparece la respuesta que ordenará de algún modo este tren desembocado. El budismo llega con sus claridades exactas por medio del padre de un colega bombero; en la guardia nocturna mi lecho estaba al lado de la cama de Jaime Meza (actualmente un ilustre Juez de la república). Nos hicimos amigos y confidentes y le explicó en detalles aquello que me sucedía. Fumo marihuana un día para ver si en ese estado podía comprender mejor aquello que me acontecía. Jaime hace el rol de ‘terapeuta’: aparte de morirnos de la risa… no resolvimos nada. Entonces me comenta que el papá de Charles Attman es un maestro de algo…parece que masón o Rosa Cruz…el hecho es que si sabía de estos asuntos.  Tenía 18 años, y ahora venía a enterarme que cada situación experimentada desde mi niñez temprana estaba escrita de hace siglos por estos monjes que seguían las enseñanzas del primer Buda, el príncipe Gautama o Sakyamuni.  También la muerte era abordada, y entendí la directa relación entre el estado de muerte y los desdoblamientos:  llamaban a este fenómeno ‘el cordón de plata’; y si se tratase de  una experiencia espontanea era porque se había pasado ya por esa vivencia en otras existencias. Y para lograr la armonía era necesario Meditar con la muerte para conocerla, y en su realidad pasar por los abismos para llegar a la buidad. Y a eso me dispuse.  Mis practicas de Meditación, lectura y reflexión budista pasaron a constituir mi secreto… mi verdad interior.

 En el Mundo ahora militaba en la izquierda revolucionaria, y ser bombero me brindaba excelente cobertura para mis acciones políticas: las que exigían grados de  clandestinaje y métodos conspirativos.  Aparecen las  artes marciales: las que se complementan con mis viajes meditativos.  Desde entonces mi vida se mueve por dos rieles: una verdad externa que reclama por ser vivida y se nutre de experiencias… y una verdad interior que viaja por la parte binaria insondable, es decir: secreta, o que no se puede ver desde el externo pero que gobierna con fuerza desde adentro.

La rabia, el odio, la división, la violencia llenó los aires de mi país. América Latina era  tierra de conflictos extremos que mostraban la parte más burda y cruenta de la guerra fría. Yo hacía parte de esa realidad, tomaba partido y estaba de un lado bien definido. Mi satisfacción interna al servir en bomberos, – a pesar de que esto hacía parte de la realidad exterior y mundana- y la unidad y amistad surgida entre los miembros de la guardia nocturna, para mí correspondían más bien a mi realidad espiritual. Mis meditaciones, mi forma de ser pacifico en el ambiente de servicio, no era una falacia o un acto de hipocresía: me hacía bien, sacaba lo mejor de mí, me daba paz. Contraria y paradojalmente recibía preparación miliciana y me introducía en el arte de la guerra debido a una opción política y a una urgente realidad: evitar o contrarrestar el advenimiento de un golpe de Estado y la posible y temida instalación de una tiranía. Sin embargo- lo vi años más tarde-también nosotros, desde la izquierda revolucionaria, trabajábamos para de alguna manera propinar un golpe e imponer la solución imperiosa del buen socialismo. Eran los tiempos en donde la democracia era para ambos extremos no más que un medio a utilizar para el logro de propósitos políticos autoritarios.

La vorágine de esos años convulsos nos tragó a todos: el exilio fue al inicio un respiradero breve para preparar el retorno. Mi poesía se enciende y entro en un largo túnel mundano que apaga y manda al severo ostracismo a mi verdad interior. Entonces, por años, fui un carro de un solo motor moviéndose por un riel solitario. Salgo de Chile al final de mis 20 años, al mes cumplo 21 en Roma.

El I Ching viene a mi rescate interior. Y con este medio magnifico de la Sabiduría de los Cielos, reaparece- como si nunca en realidad hubo entre nosotros distancia ni lejanía algunas -nuevamente el Buda. Retomo las meditaciones, indago e investigo con mayor profundidad el Camino Espiritual, regreso a las artes marciales: y  se abre como antes la vía binaria encarrilando mi vida por dos estados en movimiento. La Verdad de mi existencia volvía a sus dos instancias naturales: la externa que caminaba por el filo de la navaja, y la interior que buscaba asentar un destino definitivo.

Ahora tengo 25-26 años.  Y al despertar de su letargo  mi verdad interior se activa y también regresa la piedra ovalada: pero esta vez se queda suspendida a distancia y yo mirándola con la misma admiración y familiaridad de siempre. Hasta que un día supe que ya no vendría nuevamente: y la vi perderse en la bóveda profunda. A los pocos días me encuentro ahondando y descubriendo los misterios del I Ching.

Con las meditaciones y con el aprendizaje del I Ching, y nuevas lecturas budistas, ahora en la  ensoñada Fièsole, en las alturas de Florencia, vuelvo a mis viajes y vuelos: pero esta vez mi administración casi toca la experticia. Una deuda permanecía: ahora ya sin el trauma de la incerteza y la desazón, más serenamente, quedaba de todos modos un asunto pendiente que reclamaba mi atención… ¿Cuál es el sentido, razón, causa y efecto de la muerte? O ¿para que vivir en conciencia y discernimiento si pasamos fugaces por el tiempo y morimos antes de siquiera llegar a las orillas de la sabiduría?

El budismo abre  bagajes nuevos al mostrar la ilusión del Tiempo y me explica porque la temporalidad de este mundo es una quimera. Inevitable es introducirse en aspectos de la física.

Si todo cuanto acaecido en mi vida interior hubiese sido sólo una inquisición  intelectual o una necesidad filosófica: entonces el control de tales cuestiones al final  lo manejaría yo mismo según tiempo y necesidad. Pero tratándose de asuntos Espirituales que se despiertan desde incógnitos sitios, inescrutables, –como si un mando interno ya programado apresurara los asuntos y los impusiera según emergencias que mi mente y condición mundana simplemente no entienden, pero que al final forma parte de mi interior como una Verdad que reclama su parte y atención- no es posible algún modo de control y adaptación a necesidades y circunstancias del Mundo. 

El I Ching me enseña el valor de la Ley del Cambio, y entiendo porque yo soy un revolucionario innato: porque entiendo desde mi inconciencia hasta mis grados de conciencia que la vida es movimiento, y el movimiento conlleva al Cambio, y el Cambio produce la Transformación, y la Transformación  empuja al Salto de la Mutación. Y eso explica la vida, la muerte y la evolución cuántica del Ser Humano.

Ahora no temo ser revolucionario en política: porque antes endosaba el ‘cambio’ a la única postulación ideológica del socialismo; y ahora concibo los Cambios como un factor imprescindible en la marcha de la Humanidad.  Y la Ley del Cambio está sujeta a otra Ley fundamental de la Creación: La Libertad… que para la Sabiduría del I Ching es la capacidad inteligente de poder y saber Discernir para asumir elecciones conscientes y hacerse responsable de las propias opciones (Ley de Causa y Efecto)

Mi explosión mundana llega a su ápice en Ginebra, en donde se combina el agotamiento de la distracción y lo baladí, con los inicios de la nueva etapa en donde recupero mi calidad de agente internacionalista al servicio de causas que consideraba justas y necesarias. Pero tenía pendiente algo vital: una deuda con mi pasado, un trazo de karma inconcluso. Debía regresar a Chile y quemar definitivamente esa cuenta pendiente.

La Gracia del Cielo favorece mi inserción en un país bajo dictadura: por un año todo intento por entrar de  ya  y súbitamente a las estrechas trincheras del combate directo se veían entorpecida, bloqueadas o extrañamente atrasadas. Pude irrumpir en la poesía nuevamente: esta vez con odas a la libertad y en reclamo sin medidas para amar sin el terror de los cadalsos.

Durante los tres años y medio como combatiente y oficial de la resistencia armada a la dictadura, transité por una delgada línea roja, en donde un acto posible podía derrumbar por completo mi andamiaje interior y hacerme caer en el torbellino de las recónditas hendiduras . Fundamental y esencial fue el consejo y orientación del I Ching en ese largo y peligroso tramo. Ahora la Meditación era un asunto básico de sobrevivencia y de mesura interna que me permitía nunca perder el centro de la cordura. Mantenerse concentrado, sano, bien nutrido, bajo estricta disciplina corporal y orden personal no sólo me concedió el mejor momento en mi estado físico, sino que además me mantuvo despierto y alerta,  y gracias a la constante Meditación: exento de cualquier atisbo de fanatismo. Era el ápice de mi existencia. Todo cuanto, aprendido en años de estudio y lectura, -y considerando siempre que cualquier forma de guerra posee leyes que deben respetarse si no se quiere sucumbir-, di y presenté mis batallas para empujar al alcance de  los logros políticos, y puse alerta en contra de ligerezas fatales y mortales, y fue mi empeño que al final fuese la política la que nunca dejara de estar a la cabeza de las armas. Y en mi intimidad: fue el tiempo en que más cerca estuve de la Sabiduría del I Ching y de las enseñanzas de  SunTzu (El arte de la guerra). Casi pude hablar con los santos y sabios que moran con su herencia en estos escritos. Tan cerca estuvimos que en sueño seguía consultando a la sabia escritura, y mantenía diálogos oníricos que al día siguiente podía aplicar y me guiaban en los hechos que acaecían en el fragor de la vida clandestina.

Mi secreto durante aquellos años lo mantuve bien a resguardo: pero parte de mi Verdad Interior es que sobre todo en ese trazo mundano  tan delicado, mi realidad espiritual fue mi equilibrio, mi maestría y mi salvación.  Tales aspectos nunca nadie podía saberlos, no acaso es ‘interior’: quienes conozcan el sentido y alma del I Ching sabrán exactamente de lo que aquí escribo y comparto.

No era, no he sido, no soy, y menos en aquel tiempo fui…un hombre religioso. Nunca se ha tratado de un asunto de dogmas o de institucionalidad eclesiástica, o de rituales formales que rayan en el fanatismo místico. Toda mi vida hasta entonces traía  este componente interno que no compartía con nadie o lo hacía muy poco y de manera excepcional, y siempre sin mayores datos. Y jamás he dejado de caminar sobre este mundo considerando siempre las vicisitudes mundanas y temporales que atañen a mi índole y existencia.

Lo interno en mí es  parte natural de mí mismo; venía conmigo; nació conmigo; no podía ignorarle; inevitable afloraba y reclamaba mi atención sin consideraciones  democráticas.  Nunca tuve control sobre esta Verdad Interior. Tampoco fue posible desconocerla.  Y por lo mismo no hubo búsqueda de religión alguna, o voluntad de asociarme, o de pertenecer a conglomerado humano de carácter religioso. Nada de aquello. El budismo fue mi rector y el mazo que rompió los muros de la ignorancia. El I Ching fue mi guía, mi maestro personal y quién me puso desafíos de altura espiritual inesperados y sorpresivas para mi comprensión y aceptación. Todo estaba en función de propósitos que no alcanzaba a entender, menos ver.

 Nunca tuve la mínima intención de hacer de lo mío algo colectivo, o entregarlo a una iglesia cualquiera para que lo evaluaran y determinaran. No. Y viví en lo mundano intensamente. Y la fuerza interior me extrajo de los agujeros y pozos en los que tropecé y caí. Y una severa reflexión crítica, que nunca faltó, me hizo avergonzarme de estupideces y pedir perdón por los males que pude ocasionar a otras personas. Y sin saber de dónde: desde muy temprano me hice propósitos de aprendizajes resumiendo la experiencia y asumiendo la misma como única escuela de vida al alcance.

No siempre fui obediente: entre mitad del 88 y mitad del año 90 anduve por vías torcidas y guardé el I Ching en una maleta que ojalá se olvidara en algún hotel. Sentía que debía tomar control de mi vida sin tener que meditar, reflexionar y menos hablar con un sistema oracular. Fueron los dos años más oscuros de mi existencia. Supe lo que era existir sin Verdad Interior; experimenté por primera vez qué pasaría en mi vida si fuese una persona sin espiritualidad y oponiéndome y contrariando a mi propia naturaleza. Puse en grave peligro mi existencia. Entré por alambicados pasillos subterráneos de la política hermética y sucia que mueve los hilos desde las sombras. Vi el mundo desde detrás de la cortina. Terminé saturado de espanto, decepcionado del Hombre, consciente de la maldad reinante, y cierto de la gran mentira que nos gobierna en este Mundo. No sabía cómo escapar de esos laberintos. Me estaba hundiendo en el espeso fango. Había entendido de qué se trata en realidad ‘la violencia’: no esa manifiesta y básica forma de confrontación, sino aquella sutil y falaz que nos envuelve y nos impide crecer cuan seres sensibles e inteligentes.

 Saciado, desazonado, exhausto, sin luz, sin espíritu, peor que un muerto: caminaba sin saber cómo salir, sin atreverme a implorar al Cielo, que me había justamente abandonado; sin un I Ching que me aconsejara; y con una gran vergüenza que me aplastaba: termino mis pasos por avenida Italia, pasando el parque Rodó en Montevideo, y tocando el timbre de esa casa grande y pudiente sin saber para qué lo  hacía. Sale un japonés que me pregunta qué necesito: balbuceo…no sé qué decir: me señala que me espere, entra a su casa, y quise irme del lugar, pero el oriental reaparece raudo con un librito color celeste en sus manos: ‘los 10 estados latentes y el budismo verdadero’.

Ahora, sentado debajo de un árbol de raíces gruesas: pasa ante mí la historia de mi vida, y el exacto estado en el que me encontraba, y más adelante la formula que el budismo aplica en cada caso de estado infernal …como el mío.  Esa misma tarde estaba meditando ante el Gohonzo de mi nuevo hermano espiritual. Rápidamente aprendo los mamtram que él recita y me adjunto al gutural sonido que nos eleva y causa un estado de sano entusiasmo en el japonés. Me reciben en Maldonado para aprender las seis Meditaciones ante el mandala. Medito caminando mientras mamtreo, 20 kilómetros cada vez. Trabajo de garzón en Punta del Este para sostenerme. Y me invitan a Asunción a encontrar a los sacerdotes que por eventos internos se hallaban en esa ciudad en donde había una sede  bien estructurada. Me pasan los escritos internos del monacato, los que debía leer solamente en la sala designada. Al terminarlos me sugieren una estadía larga en la abadía de Iguazú. Nunca me preguntaron algo, jamás me dejaron que yo les contara algo de mí. Yo me dejaba llevar: había recuperado mi obediencia.

Inevitable era recordar aquel extraño episodio de 1977: perdidos en Nepal después de frustrados movimientos por asuntos periodísticos que no dieron resultado, me introduzco en uno de los tantos santuarios budistas que se podían hallar caminando hacia la periferia de Katmandú. Pero arribo ante este pequeño templo en específico porque entre arboledas creí sentir el bullar de un enjambre de abejas que llamaron mi atención: pero en realidad era la vibración de los mamtram que venían de las pagodas rojas y amarillas de este edificado antiguo construido en madera y adobe. Entré, para salir al tiempo que yo creí de unos tres meses que en realidad fueron muchos más: (siempre pensé que en realidad pasé allí cerca de nueve meses y no los tres que sentí haber vivido en aquella abadía…pero hoy  al sacar la cuenta exacta del tiempo transcurrido allí el resultado es de 7 meses y 10 días).  Antes avisé por teléfono a mi director de prensa que estaría un tiempo en esa zona, que me enviaran el dinero prometido y el finiquito de mi sueldo.  Claudia se volvió loca y creyó que me había muerto. Cuando regreso a Italia hube de  implorar para que me aceptara aún en su vida. Estaba delgada, demacrada. Por fin me acoge con tristeza, y bajo la advertencia de que si volvía a hacer locuras como las de desparecer en algún país del planeta…me tiraría a los principios del más abyecto olvido. Esa segunda parte de la relación, de un año y meses, no fue como los dos años primeros: Claudia había perdido esa juvenil forma de amar, y para mí otros ideales llenaban también mi universo emocional. Cuando viajo a París para una reunión y acepto un viaje a Canadá por 10 días tuve que convencer a Claudia de este imprevisto. Pero los 10 días se convirtieron en 45: muy fructíferos para mi poesía, y para los objetivos políticos internacionalistas que me llevaron hasta América del Norte, pero definitivos para Claudia, la que me bota de su departamento, y termina de una vez esta loca historia de amor. 

Ahora, en el año 90, esta vez sin dañar amores, nuevamente entraba a un pedazo del macrocosmo, claro que con el enojo de mis colegas en Roma que me llenaron de improperios.

Desde el invierno del año 90 (finales de agosto) hasta pasado el verano del año 91(primeros días de abril) entro definitivamente en la nueva senda que me liberaría de la dualidad binaria, y desde entonces sería un Ser moviéndose sobre el único riel de su verdad Interior y de su espiritualidad.

Conocí mi karma. Vi mi pasado. Viajé en el tiempo. Medité 8 y 12 horas diarias por casi  8 meses. Perdí completamente la noción del tiempo. El Buda dejó de ser un símbolo o una representación. Y aparece la montaña, el valle de estilo asoleado y seco, las piedras escritas, y caminando entre tales parajes: este señor que no sé quién sea.

En el libro El andariego escribo:

Fui a Suiza a consumar formalmente mi divorcio -(1988)- Y en ese trámite conozco a mi abogado, que resultó ser un viejo discípulo del I Ching. Vivía entonces en la bella ciudad de Locarno, lugar donde C.G.Jung escribiera el “Libro de los Muertos”;   y desde allí viajé, con mi abogado, a Basilea:  una ciudad sacada de un cuento de gnomos, relojes y hadas. En ese lugar conocí a un profesor Adventista de Religiones Comparadas, y él me introdujo en dicha disciplina y aprobó un curso que realicé en la universidad de Basel. También él era parte de un selecto grupo de antiguos discípulos del I Ching; pero la particularidad de esta cofradía es que la mayoría de ellos eran ancianos que se formaron con Richard Wilhem, C.Gustav Jung y Hermán Hesse, y contaban en sus archivos con originales que Wilhem trajo desde China entre 1906 y 1911, los cuales nunca han sido publicados, y en parte eran auténticas piezas de arqueología china. Pude comprobar que nada sabía de I Ching, a pesar de haber logrado entender el máximo que es posible sin un maestro experimentado que me guiara. Y supe, además, que el I Ching que conocemos es la punta de un continente de conocimientos y luces inimaginable. Desde entonces soy un convencido de que esta Sabiduría es revelación de Dios a los Hombres Santos de la Antigua China, y su parte oracular es solamente un efecto, nunca es causal, ni es la raíz de esta Luz en la Tierra.”

“Entre los ancianos de Basilea recibí conocimientos, pero sobre todo una inesperada Gracia: la unción del Sello del Antiguo Sacerdocio del Jade de las Alturas. Nunca supe por qué; solamente sé que el Oráculo habló de cómo sería mi vida en los años venideros, y todo se dio tal y cual; y que para mejor andar este camino debía tener en mi Espíritu este Sello Sacerdotal, el cual no podría usar y activar  antes de 9 años.”

“Después de finiquitado todo trámite en Suiza, no sin inesperados conflictos y engorrosas situaciones legales, pasé por Nápoles, Italia, para visitar a un reportero gráfico cuya amistad provenía de mi primer trabajo como redactor, en la revista “Nuova Cultura” (Patricio Esposito) Él colaboraba con una agencia italiana cuya área de especialidad era el Oriente Medio. Trabajé con ellos cubriendo conflictos de guerra tanto en esa zona, como en Centro América, Colombia y Perú. Eso me lleva a establecerme en Buenos Aires, como jefe de corresponsalía para América Latina. Y hallándome en Montevideo, Uruguay, caminaba por la Avenida Italia hacia el Parque Rodó, donde se halla el estadio Centenario, y me encuentro frente a un cartel negro con letras japonesas -que no entendía- y sin pensar, como si algo me moviera en contra de mi voluntad, procedo a tocar el timbre y esperar. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué diré a la persona que salga para abrir la puerta?

“Y ante mí estaba este sujeto bajito, japonés, que me miraba con una leve sonrisa. Quedamos en silencio: ninguno de los dos habló. Entonces él dijo, haciendo una señal: “espere, ya vengo”. Y de regreso trae en sus manos un librito color celeste. Lo tomo: él entra a la casa, yo camino hacia el parque y me siento bajo un árbol: “Los Diez estados latentes en el Camino del Buda”. Quedé helado: mi amado Buda nuevamente se presentaba ante mí. Leo atentamente y en mí algo se quebró, como una coraza de cristal, y sentí lo viejo y amado viviendo otra vez. Y mis ojos pasan por la descripción de los Diez estados… y en cada uno fui viéndome a mí mismo, como si mi vida estuviese escrita y descrita en esa revelación. Entonces me di cuenta de que había dos estados que no conocía: el noveno y el décimo.”

 “Una tarjeta de presentación cayó de entre las páginas del opúsculo. Esa misma tarde estaba yo meditando con el japonés que me había pasado el escrito, en su casa, ante su Gohonzo. Pareció que siempre lo hubiésemos realizado juntos. Pasaron tantas cosas, y yo sin haber jamás hecho mamtrams en japonés terminé recitando el Sutra del Loto con el hermano budista recién encontrado. No perdió el tiempo, hizo una llamada telefónica y me pidió que esperara mientras tomábamos un rico té chino. Al rato llega un matrimonio uruguayo y me llevan a su casa, y allí me ofrecen que vaya al templo que se hallaba en Paraguay»

«En Asunción fui recibido por el sacerdote mayor del templo. Me llevaron hasta allí y ahí estuve tres días, especialmente cuidado. Seguía sin pensar ni cuestionar. Luego, en un bus de línea para la zona de la Abadía. Antes envíe un fax a Roma: “ya no cuenten conmigo… me voy de este mundo”. La respuesta fue: “has  enloquecido de verdad...”. Estuve  meses en meditación. El Noveno estado tenía que ver con “quemar el karma”. Reviví lo vital de los hechos de mi pasado más antiguo: muchas vivencias eran muy cercanas, en otras parecía más bien un espectador. Por primera vez vi a un ser que supuestamente era yo, pero no era el “yo” que conocía: ese desglose del ser, esa tridimensión de la realidad es un estado de locura que racionalmente nadie podría soportar: por lo mismo es que a través de la meditación y la guía de experimentados sacerdotes una persona sí puede tener esta impactante vivencia de la Verdad, fuera de Lo Temporal.”

“Salido de este Noveno estado, caí enfermo: diarrea y vómito. Estaba sanando, decía mi guía. Luego, al Décimo estado: aquello que conduce a la Buidad Plena. Y es allí en donde comienza su aparición la imagen de La Montaña con punta redondeada y faldas como ondulada en terrazas que le daba una apariencia muy particular. Parajes semisecos, arroyos de aguas y montañas por cada lado, un valle profundo bañado por un río… y esta figura se repetía hasta la saciedad. Hasta que en aquel estado espiritual me encuentro en el lugar: un viento tibio golpeaba mi cara, canto de pájaros inundaban los aires, y de la colina que se hallaba a mi derecha veo descender a un hombre vestido de blanco, con un báculo de madera. Se detenía a mitad de cerro. Luego yo salía abruptamente de ese lugar, y viajaba por espacios sin formas ni contenidos, como suspendido en el vacío oscuro. Hasta que, a la tercera visita mía al mismo lugar, el varón de blanco pasa la mitad del monte y se acerca a mí: era Jesús. Nada me dice. Nada le digo. Pero pienso… ¿y qué tengo yo que hacer con Jesús?”

“Y él se marchaba hacia el oeste. Y de vuelta al vacío me encontraba con el Buda, mi amado Buda, que me tomó de las manos y me hizo girar, como danzando, y yo sentía gozo, gran gozo.” “No lo supe, hasta que desperté: había dormido tres días. Me hallaba muy débil. En mi rehabilitación, caminando con mi sacerdote guía, éste me dice: “Bien… has tenido un encuentro con Tu Buda” “Sí” replicaba yo- “pero no es la primera vez…” “No” -me interrumpió el anciano- no hablo del Shakyamuni, me refiero a Tu Buda” “¿Mi Buda…?” -pregunté confundido- “Sí, el de la Montaña”. Quedé anonadado. Una fuerte resistencia se alzó en mi interior. ¿Qué es esto…?”

“Y así, fui dejado libre un día al improviso: “debes ir en busca de La Montaña y de Tu Buda”.  Nunca había estado en tal grado de confusión. Y nuevamente La Sabiduría fue ordenando mis pasos. Y siguiendo sus consejos es que regresé a Chile: porque en este país se hallaba La Montaña donde tendría el Encuentro con Jesús.” (extracto de capítulo 10 ‘la montaña’)

De paso por Buenos aires me encuentro nuevamente con el escritor Aristóteles España, quién me ayuda a recuperar unos dineros engorrosamente retenidos en una cuenta en dólares que por meses no había sido cobrada. Salido de ese entuerto regreso a Chile el 10 de abril de 1991. En junio doy mi primer taller de I Ching en Chile.  Antes, en Buenos Aires había realizado consultas e iniciaba a dar cursillos en torno al Libro de los Cambios. Viajo a la montaña- (interior del valle del Aconcagua- Putaendo-) el 14 de diciembre. Hasta entonces había organizado los grupos de meditación y círculos de sabiduría. También había logrado dar algunos seminarios sobre el Budismo del Sutra del Loto. Mi idea era vivir ‘aquello que debía ser‘ en la montaña, y ojalá quedarme allí, a quedarme para siempre.

El día 21 de diciembre del 91 inicia una serie de acontecimientos y vivencias que determinarán mi existencia hasta hoy.

Bajo de la montaña el 4 de marzo del 92.

La muerte deja de ser un misterio.

Muchos hechos concretos y específicos, además de  vivencias interiores, también visiones en estado de Meditación, y no pocos  sueños y estados oníricos…además de eventos que definen y demuestran que lo divino es palpable, tangible y no necesariamente una sublimación psíquica o una imaginería en estado místico: así fue mi vivencia en nueve semanas en la montaña, De mi parte no hubo jamás, ni ahora en la montaña, ni antes bajo las circunstancias que más me acerco a lo espiritual, alguna pretensión de experimentación supra natural y éxtasis de fe que me sacara de mi observación, conciencia y sentido de realidad. Y entiendo que, si relato, por ejemplo, que: ‘Cristo es un Ser Vivo…y me habló’… aquello que de inmediato despierta en la persona incrédula es una suspicacia que ya se halla anidada en la duda, y será motivo común para endosar pretensiones ‘mesiánicas’ que coloquen al sujeto en condiciones supuestamente  proféticas propicias para engatusar incautos. Y sin embargo, lo tangible y concreto de la verdadera Espiritualidad desestructura la fortaleza de los esquemas y paradigmas mundanos: porque el materialismo acérrimo no acepta ni concibe otra realidad sino la temporal e inmediata, y de comprobar que en verdad Lo Espiritual es tan tangible en su atemporalidad como la más plausible realidad de las cosas conocidas… seguramente veríamos demoronarse la anquilosada estructura de los incrédulos.

Los testimonios personales en asuntos espirituales y de fe deben medirse no por su relato o contenido, -que tratándose de vivencias tan intimas no tienen por qué ser mentiras ya de por sí… o servir para endiosamientos fútiles-; sino que deben ser ponderadas POR SU EFECTO y RESULTADO. Si de un relato personal se concluye que tal ‘verdad interior’ debe ahora convertirse en ‘verdad absoluta’, y de ésta derivan dogmas que finalmente aplastan todo Discernimiento, Espíritu Crítico, Vivencia y Comprobación personal de (en) otros, coartando un principio fundamental de la Creación: La Libertad… y distorsionando un elemento básico de trascendencia: La Conciencia… entonces tal vivencia individual, aun pudiendo ser real en su verdad interior, ha tomado la vía más antigua de la egolatría y de los ‘pequeños dioses terrenales’ que arriman rediles en su entorno para propio poder y sentido tenebroso de posesión. O bien es una invención con propósitos espurios, mundanos de manera evidente, generalmente para asentar propio beneficio material y carnal a costa de la creencia y sometimiento de otros-as.

He dado testimonio de algunos hechos y vivencias, nunca de todo cuanto, de sólo lo imprescindible que puede dar luces al Camino personal de otros y otras que vivan inquietos-as por la misma búsqueda que en mí se suscitó desde mi corta infancia. Nunca para ser seguido: sino para que también ellos y ellas tengan coraje y se atrevan a enfrentar su propia veta espiritual que les conduzca a la plena conciencia de la propia Índole.

Sin embargo, de aquello que el I Ching establece como ‘su forma y su contenido’, sus ‘por qué’ y ‘para qué’, sus ‘leyes y sentido’…no puedo sino enseñar, escribir, e instar a que tales bases que identifican a esta fuente rica en sabiduría sean respetadas en su cualidad y origen, y llamo a evitar interpretaciones propias que reinventan antojadizamente ‘varios I Ching’, inexistentes y muy subjetivos. En la medida de mis esfuerzos intento mantener la herencia de los antiguos sacerdotes del Jade de las Alturas. Me hago responsable de lo que yo aplico y enseño. Y he intervenido alguna vez en casos de graves distorsiones a las normas esenciales del Libro de Los Cambios. Pero  en cuarenta años de relación y crecimiento con el I Ching nunca he pensado constituir una guardia pretoriana que juzgue y persiga a ‘trasgresores de la pureza’…o algo semejante. El I Ching se defiende solo. Nunca se ha construido una secta en base al I Ching; imposible alzar la iglesia que tenga como ‘única verdad divina’ al Libro de la Mutaciones. Y ese no ha sido mi pecado.  Mi difusión de la magnifica Sabiduría del I Ching, la enseñanza de las formas y formulas correctas, y el respeto por sus principios, se han ceñido lo más posible a la verdad y característica que el mismo I Ching ilustra y devela, y por medio del mismo Oráculo he aprendido. Y cuando descubro, el año 88, que hay Leyes, Sentido y Camino definido desde los orígenes de este manantial, y éstos se acompañan con un sistema de Meditación potente y de efectos palpables… primero lo experimento en mí, lo compruebo, paso por su sistema y descubro su esencia: sólo así se puede enseñar y compartir un tesoro como este. Desde la vivencia. Nunca desde la teoría. Desde la Sabiduría y no solo desde el conocimiento. El Principio es: se enseña  aquello que se VIVE.

Enseño I Ching lo más fiel posible al origen de la maestría de los Santos y Sabios, para que muchos y muchas también lleguen al propio MacroCosmos y logren el Gran Camino Medio.

Este mismo principio aplico con la enseñanza Cristica: el valor de cuanto sucedido en mi ‘encuentro espiritual con el Cristo Vivo’ no es el hecho en sí mismo, sino aquello que ABRE CAMINOS para todos y todas.

Porque si eventos personales no ofrecieran respuestas que liberen la fe de quienes creen y buscan, y no diera luces para recorrer la senda de la vivencia que fomenta Conciencia…entonces ningún hecho y evento, por importante y apoteósico que se describa desde sí mismo puede tener importancia; y lo tendrá solamente si desde una vivencia -compartida en su justa medida-  se  destraban y desapalancan portones férreos clausurados de hace siglos.

La clave siempre será: que una llave que se enseña, si bien aplicada, entregue resultados y permita que la persona en Libertad adquiera Conciencia de una realidad espiritual que puede comprobar. Es decir: así como nada abre – y no aporta- la teoría y la repetición de escrituras bajo interpretaciones varias, y la reiteración ritual; así tampoco es una solución portadora de luz una experiencia individual que  se agota en la persona que lo vive.

Una vivencia personal se hace colectiva sólo si la enseñanza del Camino que enseña es posible recorrerla desde la propia experiencia y experimentación. Es decir: si el Orden que se entrega respeta la Libertad y no obnubila la Conciencia.

Simplemente llegué a la montaña de mis sueños y visiones. Y nada importa la anécdota de cuanto sucedido y vivenciado sin una consecuencia que entregue herramientas para que también muchos y muchas alcancen la Relación Vívida con el Cristo que no conoceremos bajo el subyugo de la religión.  Porque a este Cristo no lo conocía. Y sabiendo de como las iglesias muestran a Jesús, ahora vine a saber que el Cristo no era ni estaba en la formalidad escolástica de la institucionalidad religiosa.

La muerte por fin llegaba a su fallo determinante: la Ley de Resurrección… como Cristo la entiende y enseña… fue como romper una roca atragantada en mi garganta; sentí que un peso enorme desaparecía de mi estómago. La Verdad que ahora conocía me hacía Libre. Por fin llegaba a la Gran Respuesta

La visión de los Orígenes y la verdadera Cualidad del Ser Adámico me revela todo con respecto al Hombre y a la calidad de este Mundo. Entonces supe de realidades Macros que explican mucho, si no todo, lo del Hombre en este Mundo. Ahora las medidas sociales, ideológicas y filosóficas se rompían para mostrar la verdadera matriz de nuestros orígenes, y también la causa de nuestro drama.

Dónde de verdad reside La Salvación, y de qué se nos salva, y en qué consiste La Gracia, y cómo la Consagración que nos une a este Cristo Vivo y Presente nos permite retornar a nuestros orígenes adámicos y nos prepara para vencer a la muerte: sentencia y develación que por fin sanan nuestro interior liberándolo de aquel vacío inexplicable al cual nos acostumbramos, pero que al desaparecer no podemos comprender cómo pudimos vivir con ese mal vacuo inserto en nuestra verdad interior.

Todo aquello que he aprendido, he vivenciado, y me ha iluminado el alma y me ha despertado el Espíritu, posee muchos hechos, vivencias y develaciones, pero todo lo que realmente importa no es aquello que pude o no vivenciar en mi persona, sino la materia de fe y los Caminos del Espíritu que puedo compartir para que aquellos-as que tengan voluntad y buena disposición de fe abran también las puertas y comprueben en carne, mente , alma y Espíritu que este Cristo que se nos ofrece cuan Guía Divina en nada se asemeja a la teoría de  la apostasía que en el nombre de Jesús ha negado la realidad y verdad del Cristo Vivo.

No me crean a  mí: vivan a este Cristo tan lejano del anquilosamiento y el dogma, y experiméntenlo en su propia disciplina siguiendo la senda que nos ordena un camino que jamás nos aprisiona aún en su ordenada disciplina y fuerte sentido de gobierno. Y, ¡claro!, podemos vivir este orden y gobierno Espiritual como un peso tremendo si carecemos de fe, o si nuestra voluntad titubea aún atraída por lo mundano o reivindicando la experimentación posesiva del Ego.

Y es aquello que enseño: el método, el orden, la formula, la forma y el sentido. Si esto les inviste la fe de nuevos bríos y pasan de la vana esperanza a la fortaleza de la Certeza: entonces practicarán los primeros pasos de esta vivencia;  luego podrán decidir si se entregan a esta realidad espiritual o desisten. No fomento ni he construido una iglesia, menos una secta. Propongo  un Camino Espiritual.

Mis  vivencias y hechos los compartiré con mis hermanos y hermanas Espirituales, cuando ellos y ellas hayan también vivenciado la realidad de este Camino Cristico. Algo de esto he publicado en el libro ‘El Andariego’, y ya con eso considero es suficiente para que la gente de fe  tenga un incentivo para entrar en su propio andar…y para que los burlones se mofen…y los incrédulos ataquen desde su ilustre ignorancia. Algo más reflexivo y primario lo hago publico en el libro ‘Ara: 64 reflexiones ante el altar de Cristo’. Y la unidad entre la Sabiduría de la maestría de origen chino y la enseñanza del Cristo sabio, la resumo en el libro ‘Tao Cristico’. El Camino Espiritual como enseñanza de vida lo intento plasmar en el libro: ‘La Sabiduría  del Cristo del Loto’.

El sacerdocio que en 28 años hemos construido es el resultado tangible en hombres y mujeres que han vivido, experimentado y comprobado su Relación con el Cristo Vivo. No somos un sacerdocio institucional. Nuestro sacerdocio es el servicio espiritual de quienes hemos abierto puertas primero en nosotros, y que enseñamos a otros y otras para que también constaten que Dios no está en lugares de alturas y lejanías: sino que Mora en Nosotros Mismos.

El budismo fue mi recate y guardián cuando me hallaba en lo más arraigado del Mundo. El I Ching fue fundamental para entrar en lo más importante del Camino Espiritual: La Sabiduría. Y ha sido el Cristo Vivo quien me ha dado las respuestas definitivas que desde niño han inquietado mi interior.

Escribo en el libro ‘El Andariego’:

“Preparándome para vivir en un paraje andino, una noche me dormí meditando. Caminaba por un prado verde, amplio, claro, limpio. Al fondo, lejano, divisé un fulgor blanco: era una roca en forma de gran serpiente cascabel de pie. Me acerco y distingo a un hombre magro, pequeño, calvo, que meditaba debajo de la roca, dándome la espalda. “¡Es el Buda!”.

“Me arrodillo lo más silencioso posible y junto mis manos para entrar en meditación, pero el santo me mira con dulzura y paz, y sin decir palabra alza su dedo índice hacia el sur, y vuelve a su recogimiento. Yo me quedo, como esperando… “¡Es el Buda!” me decía.  Esta vez sin alzar la cabeza, el santo vuelve a extender su brazo derecho y señala el punto anterior. Me paro y camino: hay un muro corroído y en ruinas. Lo paso y veo un campo verde, limpio y diáfano, y al medio del páramo una escala que no toca el suelo. Llego al borde de la escalerilla, miro hacia arriba y veo que se perdía entre las nubes. Al observar hacia el fondo del campo, distingo una colina, voy hacia ella. Alguien viene descendiendo, y yo lo espero. Se detiene a varios metros de mí: – “¿me reconoces?”- “No, maestro, no sé quién seas tú”. Y se acercó aún más: – “Y ahora ¿me reconoces?”- “De verdad maestro, no sé quién eres…” Y el vino hasta mí: – “¿Quién soy yo?”- preguntó. Entonces sí lo reconocí: “tú eres Jesús”. El quedó mirándome en silencio…y agregué…. “tú eres el Cristo”. Y él dijo: “YO SOY”. Me confundí, atrozmente, me enredé y me hice un nudo de conjeturas. Y así me dejó. Se marchó y ya no lo vi. Volví corriendo donde estaba el Buda. Ya no había nada. Un monje viejo estaba cortando hierba. – “¿y el Buda?” -pregunté angustiado.  “Dime tú dónde lo dejaste ¿acaso no estabas hablando con él en la colina?”.” (Extracto capitulo 11 del libro El Andariego)

Es Cristo Quién me ha  iluminado con respecto a esta realidad del Mundo y del Hombre,  que no es visión sublime sino tremenda: una verdad sobre este Tiempo que me espantó y estremeció; pero también se ha abierto ante mi discernimiento  aquella existencia  Macro que en mis inicios apenas lograba  comprender y aceptar, y que ahora, al comprobar su portento, infundió en mi interno una certeza incuestionable sobre la plena victoria de la Luz.

El resumen de lo vivido se condensa en tres palabras de significados profundos: CRISTICO, SABIDURÍA, CONSAGRACIÓN.

Por lo demás y para mejor indagación sugiero bajar ‘Manifiesto Cristico: la Revolución de la Fe’.

Así he llegado a mis 67 años de vida en este tiempo. Ahora expongo (el libro ‘ecos de otra vida’) algo y en parte de aquello que atañe a mi militancia política. No todo. Nunca por completo.

Por lo demás: soy un hombre Libre que respeta y lucha por la Libertad de todos y todas. Porque para recoger los propios frutos, cada uno-a debe sembrar de su propia libertad y en optar en pleno uso de su conciencia.