-Documento. Expone desarrollos que se mencionan en el libro ‘ecos de otra vida’-
No hay consenso en las Ciencias Políticas sobre el concepto cierto y definitivo que desglose- sin lugar a duda- la idea del ‘terrorismo’ como arma política u acción para infundir terror motivado por causas religiosas, políticas o en el contexto de una guerra.
Más definido es el concepto de ‘Terrorismo de Estado’: que se ha tipificado como el uso del Estado y sus aparatos para exterminio de opositores; o causar terror en la población con el fin de mantenerla sometida a un régimen que niega libertades e inculca los derechos humanos.
Mayor debate y contradicción se ha dado para calificar el terrorismo en el desarrollo de una guerra. Porque toda guerra es ya un acto terrorífico cuyas acciones ‘legitimas’ y también ‘los delitos de guerra’ pasan por fronteras invisibles, no siempre claras, muchas veces establecidas según circunstancias y/o conveniencias políticas. El bando victorioso, por lo general, condena al derrotado y juzga a sus oficiales y mandos por crímenes de guerra o actos de terrorismos, pero nunca se verificará un juicio igual entre las huestes ganadoras, y eso no quiere decir que éstas ‘respetaran’ a ‘raja tabla’ los códigos de honor de la guerra (¡en la guerra no hay códigos ni honor!).
Lenin plantea que en la guerra revolucionaria es imprescindible causar terror en el enemigo. Trotsky, al comando del ejército rojo en defensa de la revolución naciente, impuso a sus tropas un método de castigo al enemigo que en su visión y ejemplo provocaría terror entre las tropas ‘blancas’. Las fuerzas militares chilenas en su avanzada sobre Lima fueron instruidas en la política del terror aplicada sin contemplación, en modo de apagar cualquier intento de resistencia por parte de los limeños. El terror como arma para causar la desmoralización y mermar la unidad en las filas enemigas es una táctica inherente a la guerra misma.
Una estructura militar clandestina que lucha en contra de un ejército invasor (Maquis en Francia; partisanos en Italia) deben usar -como ellos hicieron- las operaciones de sabotaje, de ataques a infraestructura, asesinato selectivo y acciones de propaganda armada: ataques incendiarios y colocación de explosivos en entes representativos y sensibles que afecten la moral y seguridad del enemigo. Es el manual obligado de toda oposición armada de resistencia. ¿Son éstos ‘actos terroristas’? relativamente sí, en el único sentido de pretender o buscar un ‘terror selectivo’ que apunta a provocar miedo y ojalá terror entre un enemigo que debe ser mantenido en ascuas sin que éste sepa cuándo y dónde será golpeado. De paso, estos actos de terror dirigido levantan la moral de quienes se oponen al régimen imperante, (y las organizaciones de base de la población se alienta a demostrar su resistencia), y entre esas personas se entreteje la mejor red de ayuda y apoyo para los grupos de combatientes.
Una tiranía o fuerza de ocupación postula a mantener a la población bajo el terror con el fin de bloquear su capacidad de organización y oposición, y para este fin golpea selectivamente a las fuerzas políticas en capacidad de hacerles frente; para lograr tal propósito usa todo el aparato del Estado y sus medios de comunicación: convirtiendo esta política del terror en sistemática y persistente. Para mantener su política de sujeción y temor estructura servicios represivos siempre más feroces, y tiende redes de inteligencia lo más capilar posible; y ante esta realidad oprobiosa la fuerza de resistencia, hallándose en desventaja en todo aspecto, debe dar golpes severos, precisos y con altura política evidente, no pudiendo desgastarse en una guerrilla de pequeños actos sin importancia ni repercusión. Esto implica un tipo de organización, una calidad determinada de combatientes y una debida e idónea preparación para este tipo de combate.
A este punto: las fuerzas partidarias del Estado terrorista llamarán ‘terrorista’ a los miembros de la resistencia. Mientras que los opositores al sistema tiránico llamarán terrorista al régimen, y no a quienes actúan en contra de éste. Con esto se verifica un asunto no dirimido: ¿Quiénes son los terroristas? Para quienes detentan el poder son los otros; para los sometidos y perseguidos son los enemigos de la libertad quienes aplican políticas del terror. En términos estrictos: ambos aplican métodos y actos mirantes a causar pavor e inseguridad en el enemigo. Es la guerra en cualquiera de sus formas.
Hay una frontera para separar políticamente el acto y a la organización terrorista: La Democracia.
Una vez liberada Italia y Francia nunca se calificó a la resistencia armada bajo el término de ‘terroristas’. A pesar de que así fueron llamadas por todo el aparataje publicitario del nazi fascismo y sus gobiernos colaboradores. Para la democracia aquellas fuerzas partisanas fueron reconocidas como la parte más osada y necesaria de la resistencia. Tan importante como para que las fuerzas regulares de los aliados contaran con sus estructuras y bases con el propósito de mover a sus agentes de inteligencia y realizar operaciones en las retaguardias. Sin ir tan lejos: en Uruguay nadie hoy califica a los Tupamaros como ‘terroristas’. En Argentina hay un severo cuestionamiento a los grupos armados del peronismo y de la izquierda de los años 70, pero nunca se usa el término ‘terrorista’ en cualquier análisis, incluso crítico. Sólo los partidarios de las viejas dictaduras usan ese epíteto. Sin embargo, en Chile, aún se llama ‘terroristas’ a quienes desde el MIR o del FPMR se opusieron a la dictadura por la vía de acciones armadas. Que lo hagan los partidarios del régimen que impuso el Terrorismo de Estado, se entiende; pero que insistan en ese lenguaje y calificación quienes participan de la democracia y abogan por defender y sostener la libertad cuan bandera política esencial, es, por decir lo menos, una seria contradicción que les desnuda el alma apegada a la nostalgia de los buenos tiempos del gobierno militar.
El FPMR en su corta existencia, entre su fundación en diciembre del 83 y su mayor crisis y disgregación que culmina a finales de 1989, actúo consecuente con su política bajo condiciones de dictadura, que imponía un régimen de terror permanente y sistemático. Sea claro: de no haber existido una tiranía como aquella que sufrió el pueblo chileno, nunca habría nacido el FPMR.
El problema político-ya abiertamente- llega, para la resistencia armada, con toda su carga rupturista, en el 89 con los efectos políticos y sociales del triunfo del No en el plebiscito (año 88). Pero ya a fines del año 86 la política de rebelión exigía a gritos una retirada táctica para rever los lineamientos del Frente: en el 87 la división -de hecho- con el partido comunista ya era realidad, y la misma provocó serios problemas de seguridad y logística en el Frente. Estos aspectos vitales pudieron ser solventados y reorganizados a un precio muy alto en cuanto pérdida de vidas, jóvenes y valiosas. A pesar de esa realidad, prosiguiendo la dictadura, no había razón para cambiar la esencia y cualidad de aquello que sostenía al Frente desde su formación. No se confiaba en una transición pactada con Pinochet y bajo auspicios de la DC. No se concebía la idea de que la dictadura concediera el mando a civiles retirándose incólume a sus cuarteles sin nunca dar cuentas por sus crímenes.
Sin embargo, la conclusión que se impuso en la Dirección Nacional del Frente, desde el año 88, – contraria a la postura política (de la cual hice parte hasta Junio de 1988) – empuja hacia una salida insólita, irreal, fuera de todo contexto político -(lo que en política es una aberración, en lo militar es un desastre seguro)-: la irreal Guerra Patriótica no poseía asidero ni sustento, y por mucho, en sus argumentos, era una copia calcada de aquello que fue la revolución sandinista. Esta G.P sería la respuesta a la ‘transa’ de la DC y de la izquierda que se había plegado al plan de los acuerdos: y en dicha línea se planifica acentuar el castigo tanto de figuras sobre salientes del régimen como de torturadores y mandos militares de las FFAA.: la campaña ‘No a la Impunidad’. Paralelamente se harían acciones de guerrilla de mayor envergadura en zonas rurales.
La concreción del itinerario pactado para la transición, con la entrada al gobierno de Patricio Aylwin deja completamente desfasado al FPMR.
La probable acción en contra de Jaime Guzmán estuvo inserta desde siempre en la campaña ‘No la Impunidad’ -en el contexto de la GP-, pero en su momento no se consideró políticamente adecuada, y se optó por el ajusticiamiento de mandos militares, torturadores, agentes de la CNI y colaborares en las poblaciones.
Posteriormente, agudizándose la contradicción entre los cuadros políticos del Frente y la tendencia militarista en su seno, conllevará al asesinato de Guzmán, y el secuestro de Edward. Tratándose de operaciones realizadas bajo un contexto de transición en donde ya la dictadura estaba en merma, (aunque lejos de hallarse acabada y sin poder) estos actos (sobre todo el caso de J. Guzmán) tomaron connotación diferente a las anteriores operaciones del Frente. La última en el contexto de lo que fue el FPMR en su raíz original fue el secuestro de Carreño y los operativos de ajusticiamiento de connotados torturadores en la campaña ‘No a la impunidad’ hasta finales del año 1989. Se podría decir que el asalto al poblado de Los Queñes fue el primer episodio de una guerra prolongada que nunca fue. Otros hechos son representativos del espíritu rodriguista: como el rescate por vía aérea desde la cárcel de seguridad en Santiago; y el último gran acto de osadía, inteligencia y voluntad política lo constituye el Gran Escape de la cárcel publica de casi 50 prisioneros políticos en el año 1990.
Podemos discutir de mucho y de todo con respecto a este periodo 88-90, y mostrar nuestra sorpresa y discrepancia por acciones como la emprendida en los Queñes (considerando además que por varias vías- internas y externas- ya se advertía de una infiltración a nivel de Mando en el Frente y muchos éramos quienes ya habíamos identificado al topo: el ‘Bigote’. Pero el atentado y muerte de Guzmán no se inscribe en la historia de combate del FPMR: porque se trató de una acción aventurera a cargo de células militaristas sin sustento político, y en condiciones en donde ya la organización del Frente original e histórica prácticamente no existía, y una parte fundadora de la organización exigía una salida política. Por lo mismo, argumentar que el asesinato de Guzmán- ejecutados por ‘soldados’ sin consistencia política y carentes del sustento orgánico que caracterizó al Frente histórico – correspondiese al hacer y proceder fidedigno del FPMR: es incorrecto, es inconsistente y no se ciñe estrictamente a la verdad; y en rigor, el asesinato de Guzmán queda fuera del hilo histórico del FPMR y por ende se aleja y distancia de los propósitos que dieron vida y carácter al rodriguismo como idea política:¡ porque de POLITICA hablamos!
El caso Guzmán se genera en medio de una seria contradicción en el seno del Frente: se usó -por parte del militarismo- un blanco fácil e inmediato- y políticamente impactante – para lograr ganar espacio en la correlación de fuerza interna, y de paso boicotear y alterar una transición política que se denostaba y se repudiaba.
Y el secuestro Edward fue un acto de financiamiento, y punto.
Ahora, bajo el cristal estrictamente político, justamente desde la intención de trabar y boicotear un proceso de transición en marcha, el asesinato de Guzmán si pudiera comprenderse -eventualmente- bajo la calificación académica de… ‘terrorista’: porque la frontera política que divide y determina una acción de guerra, – incluso para causar terror-, es precisamente la vigencia del estado de guerra que genera una confrontación civil, debido al advenimiento de una dictadura o tiranía, o como consecuencia de una ocupación extranjera, y la resistencia armada a tales condiciones. De acuerdo con esto, cualquier acción de carácter militar -o de uso de la fuerza de carácter miliciano- habiéndose entrado en transición hacia la democracia- es un acto políticamente errado, y pudiere ser calificado de ‘terrorismo’. Es decir: el mismo acto bajo estricta situación de dictadura sin posibilidad de apertura a la democracia, tendría connotaciones justificables. Exactamente la misma acción realizada en transición y ya con la aprobación de la gente por una salida diferente a la armada: es un acto ‘políticamente de carácter terrorista’ porque no infunde terror en el enemigo que se quiere golpear, (porque se han roto las condiciones objetivas de la guerra), sino más bien -por el contrario- refuerza a los partidarios del asesinado y les entrega un mártir para su historial político. De paso, debilita a las fuerzas políticas de la izquierda y refuerza el valor de la negociación de la derecha con la DC.
Podemos concluir entonces que ‘terrorismo’ en política es aquel acto que usa la violencia para infundir terror indiscriminadamente, fuera y al margen de una situación de guerra real, considerando que su modo de expresión política es el acto violento en sí mismo. Diferente al ‘acto terrorista como táctica aplicada en la guerra’ -que de todos modos es un ‘acto de guerra’, y no ‘terrorismo’ a secas. Por ejemplo: los ‘actos terroristas’ de los ‘lobos solitarios’ en Europa, son ‘actos violentos para infundir terror en el contexto de la guerra’ que promueve el Estado Islámico y que de alguna manera entrega contexto a tales acciones.
Nunca un acto aislado, espontáneo -como lanzar objetos contundentes en contra de las fuerzas represivas del Estado en una protesta- ha sido ‘terrorismo’: es violencia, es resistencia, es autodefensa, pero nunca ‘terrorismo’; pero para que en democracia exista terrorismo – en términos políticos certeros- debe existir una ‘asociación para ejercer terror sin que exista condición de guerra, con una política previamente sancionada que no considera la democracia como factor determinante, y bajo un mando que ordena y orienta, y es ideológicamente autor intelectual de tales actos’.
De ahí entonces que la cuestión de si hubo o no acuerdo, orden de mando y autoría intelectual debidamente estructurada en la muerte de Guzmán… o de si fue un acto concertado de dos individuos para quebrar la mano internamente a quienes ya habían manifestado su decisión política de detener toda operación para entrar en reflexión y reorganización política…es asunto no menor. Porque asegurar que, por ejemplo, Apablaza, Eduardo, ‘Gregorio’ y Aníbal concordaron, con otros, dicha operación, y que se haría bajo la autoría orgánica del Frente existente en ese momento: da un contexto político y judicial bien determinado. Pero aceptar que nunca hubo tal consenso, ni mando, ni acuerdo, ni autoría estructurada en dicha operación: entrega a sus autores una responsabilidad individual no imputable a la orgánica que dicen representar.
Luego vienen las reflexiones y posturas políticas: decir y declarar – por ejemplo- que la muerte de Guzmán no duele y que se justifica políticamente debido al oscuro rol que ocupó en los años de tiranía- y por lo mismo se celebra su muerte- puede ser tremendo para quienes- desde vereda opuesta- ven este acto como una crimen detestable- (pero que han sabido explotar políticamente en demasía por muchos años)-; pero estas dos actitudes contrarias no pasan de ser también posturas de parte ya sin trascendencia judicial, sino más bien corresponde a posiciones políticas. Puesto de otro modo: si Guzmán hubiese sido ajusticiado el año 86 seguramente no sería el caso político que es hoy. Es un pretexto para el victimismo de un sector recalcitrante porque Guzmán fue muerto en los inicios de la apertura democrática, bajo un gobierno que ya no era una dictadura: y eso hace la gran diferencia, y su particularidad.
En la historia militar, incluyendo en la guerra de independencia en nuestra América Latina, hay muchos ejemplos de montoneras desarraigadas de las estructuras de los ejércitos libertadores: unidades terminadas en el más puro bandolerismo, e incluso connotados guerreros y jefes terminaron prestando servicios mercenarios incluso a fuerzas contrarias. Basta echar una ojeada a las guerras, a todas, y constataremos disensiones, divisiones, escisiones e incluso guerras internas que desangran ejércitos por dentro. Es difícil sostener una contradicción política o de estrategia cuando se está armado. Nunca se sabe dónde puede acabar una disputa con pistolas encima de la mesa.
La breve, pero muy intensa y sumamente interesante historia del FPMR entrega muchísimas enseñanzas, y conocer sus detalles políticos -y sus resultados- sin duda sirven para entender de una vez que no hay una guerra buena, ni honorable, ni limpia: toda guerra, en cualquiera de sus formas, implica violencia: y será terrorífica, y nunca será una solución; porque los dolores, divisiones y odios que deja una guerra o años de confrontación, permanecen cuan heridas abiertas por generaciones.
Ahora, ¿es legítimo alegar y argumentar hoy, a decenas de años transcurridos, que la democracia en Chile la debemos sólo y exclusivamente a la iluminación de unos políticos tradicionales que tuvieron la capacidad de negociar con los militares al poder? ¿Es real la caricatura que pintan los honorables políticos defensores de la transición en cuanto debemos la democracia lograda gracias a los acuerdos pactados con el dictador?
En Chile jamás pudo existir salida alguna sin la gente en la calle, sin los paros, sin las jornadas de protestas: con su secuela de víctimas, muertos, quemados, torturados y desaparecidos provocados por un sistema tiránico implacable y criminal. Y tales actos masivos de resistencia nunca hubiesen sido posibles sin una organización política actuando en el seno de las poblaciones y centros laborales y estudiantiles. Y nadie que sea honesto pudiera negar que la presencia y acción del FPMR en esa realidad definitoria fue, a momentos, fundamental: sea por sus actos de sabotaje al sistema eléctrico, sea por su acción miliciana en las poblaciones, sea por sus golpes certeros a la moral de las fuerzas militares que mal gobernaban.
La memoria, que en la política suele ser convenientemente frágil, no debe dejar caer de la historiografía oficial- a cargo de quienes ahora se alzan cuan únicos portadores de una democracia a medias-, los hechos de lucha y sacrificio de aquellos y aquellas que dieron su vida por la libertad. Y aun observando en modo critico los asuntos políticos en la cuestión militar y en el uso de la violencia cuando el país fue sometido a un régimen despótico: no podemos renegar de la verdad y de los hechos, y son éstos quienes nos dicen y dictan una realidad que- concordando o rehusando- incluye al FPMR y a sus meritorios combatientes y dignas mujeres de altísimo valor humano.
Un pueblo que no reconoce a sus mártires y no dignifica a sus luchadores por la libertad, es un pueblo destinado a caer nuevamente en las redes del totalitarismo.
